Carrillo


Santiago Carrillo se fue. Pero se queda. Porque, más allá de consideraciones ideológicas que llevan a unos a iluminar con su foco los claros y a otros a tiznar los oscuros, no es posible ni razonable extirparlo de la memoria colectiva de millones de personas. Y menos de la memoria privada, de esa historia sentimental compuesta de retazos que, a la intemperie, en el tendal del tiempo, pierden su color. Carrillo es una de esas presencias que de una u otra forma acaban haciéndose familiares y van hilvanando recuerdos década tras década como si flirtearan con la inmortalidad. Por eso su muerte siempre sorprende y deja una extraña huella de nostalgia. Convoca al territorio del presente a los que ya no están. Su peluca setentera resucita antiguas sonrisas. Sus grandes gafas atraviesan el blanco y negro hacia lugares que ya no son como entonces o simplemente ya no son. Las pinceladas grises del humo de su inseparable cigarrillo dibujan con nitidez sobre la pantalla del televisor sobremesas que estaban borrosas. Su inconfundible voz, tamizada por el filtro de la radio, es un eco de un ronroneo lejano pero conocido. En los últimos años también su discurso reposado como analista de la actualidad se convirtió en un viaje a otros tiempos. Otros tiempos para otros políticos. Políticos que no se limitaban a recitar con satisfacción la lección de un partido como escolares aplicados que buscan complacer al líder, que no recibían consignas en su teléfono móvil, que no eran figuras fabricadas en serie por una formación. Con un poso de aciertos y errores. Que se van. Y vuelven.

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