Q uien no leyera en los papeles del otoño la línea azul de los comicios, la convocatoria electoral prevista, padecía de ceguera política o no tendría los exigidos dos dedos de frente necesarios para presagiar todos los diluvios que vienen.
Aposté desde hace meses por un adelanto -técnico y estratégico- de las elecciones al Parlamento de Galicia. Quien no lo supusiera, no conoce el olfato político del presidente Feijoo, capaz de interpretar toda suerte de vientos, y más si le son, como parece, propicios. De cal son las lecturas que vinculan los recortes estatales y no distinguen España de Galicia ni la política del Gobierno Rajoy, con la gestión pública de Feijoo en el ámbito gallego. Tendrá que contar Galicia con sus fortalezas y debilidades, con su austeridad comedida, con la deuda apuntalada, para no confundir las churras estatales con las merinas autonómicas. Es menester una dosis de pedagogía democrática para revalidar el triunfo. Porque el PP, en su orfandad de aliados, debe ganar por mayoría absoluta para gobernar Galicia.
Convocó el presidente Feijoo cuando más distraída -y no sé por qué razón- está la oposición. El Partido Socialista veraneando tras un invierno infinito, tendido al sol tibio de unas supuestas primarias concebidas para descabalgar a Pachi Vázquez de la candidatura y con un desfile de estrellas: Blanco, Caamaño, Espinosa et altri, dispuestos a la pasarela que en cuatro años llevará a Besteiro a ser candidato. El atlas silábico, la babel nacionalista empeñada en su vocación cainita de medusa devorando a sus hijos según el dictamen de un anciano líder, obstinado en restar después de haber sumado espirales. Y los compromisos por Galicia refundando ucedés imposibles en un horizonte de irmandiños fragmentados mientras el Bloque interpreta la economía revisitando a Fanón según los viejos manuales marxistas.
De arena es simplificador el discurso para combatir la abstención, para convencer a un electorado herido por las preferentes de la cajas, por la merma del poder adquisitivo de una clase media anclada en la derecha sociológica, por los funcionarios sin paga de Nadal, con un récord absoluto de parados, y un desprestigio mediático y popular por los políticos ejercientes, por sus coches oficiales y su indisimulada -en Galicia nos conocemos todos- prepotencia.
Hay que votar, es nuestro mejor argumento, y votar lo menos malo, cuando ya no hay lugar a la excelencia. Diremos los nombres y su militancia. Acaso sea más simple de lo que los análisis aconsejan. Yo daré más adelante los nombres. Por ahora, a quienes nos gobiernan les aconsejo humildad como mensaje político. Después vendrá la eficacia. El discurso debe leer el futuro y esquivar los vínculos y culpabilidades de un zapateril pasado cercano. Seguiremos.