De una forma u otra, a España sigue hundiéndosele el Prestige. Es esa inmensa mancha del pasado que no se borra. Es el negro que siempre salpica. El último borrón sin cuenta llega de Estados Unidos. Un tribunal ha rechazado el recurso de apelación con el que España reclamaba mil millones de dólares a ABS, la empresa que dio el o.k. técnico al petrolero que luego se convirtió en una gigantesca cáscara de nuez pasada por el alicate. Mil millones de dólares. Nada más y nada menos. Pero resulta que no hay pruebas suficientes para demostrar que hubo negligencia. Y finalmente se cumple esa ley no escrita que tanto se aplica en los últimos tiempos. La gestión de la riqueza, para unos pocos elegidos. La gestión de las catástrofes, para el resto de ciudadanos.