La dieta de la ETA

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

Ando yo estos días alegre como un cascabel con lo del ayuno de los presos vascos. Antes, cuando los etarras querían conseguir algo, ponían una bomba. Ahora en cambio se ponen a dieta. Vamos, como mi mujer, que dice que le sobran un par de kilos -lo cual les prometo que no es verdad-. El abandono de las armas por parte de la ETA abre un mar de posibilidades maravillosas. Por ejemplo, ya se les puede insultar como a un árbitro de fútbol sin que te maten. Te metes con la madre de un etarra, por ejemplo, o le llamas nazi, le llamas asesino, y puedes seguir respirando. No está mal. Antes, si a un etarra le llevabas la contraria te pegaba un tiro en la nuca.

Ahora en cambio se salta el desayuno: que se fastidie mi general, que no como rancho. Y no crean que no tengo corazón y lo del ayuno no me duele; claro que me duele, como a cualquier madre que ve como su retoño, trepado al tobogán del parque como un chimpancé, rechaza el bocata de nocilla; pero yo creo que esto de las dietas de los demás es un asunto muy personal y no hay que meterse. Lo peor que nos puede pasar es que en las cárceles españolas lo presos vascos se nos pongan flacuchos, y nos luzcan poco, comparados con los de la mafia rusa, que andan orondos como budas -que diría Valle Inclán-.

Pero sinceramente no creo que sean tan rigurosos consigo mismos como lo fueron con Miguel Ángel Blanco. Y ahora, si ustedes me disculpan, me voy a comer un bocadillo de jamón.