La crisis económica ya no se puede evitar. Y que funcione como una tormenta perfecta tampoco. Pero hay otras cosas -yo hablaré de dos- que sí se pueden evitar. La primera es el apartarse de la pauta económica europea, que, a pesar de que a corto plazo nos pone en el disparadero, es la única que puede funcionar. Y esa pauta no es otra que una combinación de ayudas, ajustes y reformas estructurales que nos da la esperanza de una salida razonable hacia espacios económicos abiertos y estabilizados. Y la segunda es la desestabilización del sistema político, que, si hasta ahora se comportó de manera positiva, dotándonos de un Gobierno estable y fuerte, y evitando la proliferación de conflictos sociales, puede derivar -lo dice la encuesta del CIS- hacia el modelo griego de desesperanza enfurecida.
Para mantenernos en la senda europea hay que actuar con realismo, decisión y rapidez, y, en vez de importar culpables de nuestros males destinados al consumo interior, hay que cuantificar los rescates, pedirlos y aplicarlos cuanto antes, y explicar, en el marco de esta dura operación, las decisiones -duras, titubeantes y pésimamente comunicadas, pero básicamente acertadas- del Gobierno Rajoy.
Y para huir de la disgregación y el conflicto social, hay que hacer un correcto diagnóstico de la situación, de su gestación y de sus vías de salida, para evitar que, tras la adopción del juego de buenos y malos en el que estamos cayendo, acabemos por convertir la política -con sus enunciados, partidos, instituciones y personas- en una especie de «España mala» sobre la que hay que vengar y resarcir todas las desgracias de la «España buena», que es la España de los pobres ciudadanos que no nos hemos enterado de nada, fuimos al banco obligados por la patronal, compramos coches de alta gama porque eran más seguros, y -¡sobre todo esto!- jamás votamos a los que nos gobernaron, ni jaleamos sus derroches y fachendas, ni proclamamos a Rato como el mejor ministro de la historia, ni hicimos de Zapatero el presidente más votado de todos los tiempos.
Si la película que vamos a proyectar es de buenos y malos, y si empezamos a salir a las calles a dar coces contra el aguijón, subirán los demagogos minoritarios, y los que, en vez de gobernar, van a hacer justicia con los banqueros y atar los perros con longanizas. Y si somos serios y realistas en el análisis veremos que en Rajoy y Rubalcaba está -¡no se me subleve, por favor!- todo lo bueno que a corto plazo nos puede suceder. Por eso creo que, en vez de hacer experimentos con la demagogia de las minorías y la disparatada propuesta de los sindicatos -¡porque los otoños calientes no se comen ni dan empleo!-, debemos optar por hacer los experimentos en ambiente de paz social y solo con gaseosa, que es -en consonancia con el ajuste- la bebida más barata.