Sin medalla olímpica, Javier Gómez Noya ya era un deportista enorme y ejemplar. Doble campeón del mundo y tres veces de Europa, el ferrolano se quedó a las puertas del podio en Pekín. Entonces era el claro favorito, un candidato al oro sin discusión. El mejor triatleta del mundo se dio de bruces con unos cuantos problemas físicos, pero el valor de un deportista se mide tanto por sus triunfos como por la capacidad de luchar y de levantarse. Y nadie ejemplifica mejor que Gómez Noya la tenacidad y la capacidad de rebelarse contra la adversidad. Así lo hizo en sus inicios, cuando se empeñó en que su corazón le permitía competir al más alto nivel, y así reaccionó tras el tropiezo de Pekín, cuando estaba en disposición de batir a las grandes vacas sagradas de un deporte duro y espectacular. Ayer irrumpió en la fiesta de los Brownlee, satisfecho por la medalla de plata y por haberlo dado todo; porque, como él mismo defendió hace unos días, a eso es a lo que se va a una cita olímpica.