El título es un préstamo del libro de Barbara W. Tuchman que contó, que escribió, los treinta y un días de agosto de 1914 que cambiaron la faz de mundo, que rugieron los cañones de agosto tras la plácida siesta y el progreso que duró doce alegres y frívolos años. Comenzaba la primera, la Gran Guerra Mundial. Dios me libre de buscar paralelismos donde solo sería posible la más osada de las demagogias, pero en este agosto hay un apestoso aroma hamletiano que vuelve a subrayar que algo huele a podrido en Dinamarca?.
Y la shakesperiana nación danesa es hoy todo el euroterritorio, la eurozona que se apoya en la debilidad manifiesta de las columnas del Sur que sostienen el entramado europeo.
Cuatro columnas, dos de ellas maestras, España e Italia, y otras más pequeñas apoyando a las grandes, Portugal y Grecia. Y sobre las cuatro una nueva línea Maginot que nos separa de los países ricos.
Agosto viene cabalgando una frase de «deme algo señorito», dirigido a esa legión logorreica de funcionarios, burócratas europeos, más o menos distinguidos, que no cesan de manifestarse, de hacer declaraciones y anticipar profecías de Perogrullo apuntando permanentemente a España como diana.
Salimos a cuatro grandes sobresaltos diarios, y ya no tenemos la manivela de la máquina de hacer billetes, se desmoronan en el horizonte los ladrillos de adosados y resorts costeros, crece la hierba en las pistas de rodadura de los aeropuertos por inaugurar y la Gallaecia petrea inaugura la panza cóncava del Gaiás.
Pasea la gente paseo marítimo arriba, paseo marítimo abajo, y los camareros de los chiringuitos pregonan sin éxito su mercancía de choquitos y chupitos mientras revientan a la baja, a la bajísima, todos los indicadores macroeconómicos.
Agosto, pese a todo lo que se avecina, es una tregua, como en las primeras olimpiadas que mientras se celebraban paraban las guerras, cesaban las batallas y las treguas eran efectivas.
Después de agosto, cuando se desmonte el decorado cartón piedra del verano, cuando los dardos del IVA creciente se claven en nuestro mermado corazón económico, cuando el incremento del paro se multiplique por un haz de dígitos, el eco de los cañones de agosto volverá a sonar en el registro de nuestra memoria,
Seremos más que pobres, paupérrimos, viejos hidalgos de una casta colectiva que como mi señor Alonso Quijano volveremos a alancear molinos sabiendo que eran gigantes. ¿O no era así?