R ajoy y yo, que soy un escritor de pueblo que no conozco a Rajoy, sabemos que esta reforma no es la panacea. Y lo sabemos porque las reformas que en verdad sirven para mudar un país se hacen cuando la economía sube y la gente está encantada. No es momento. Ahora reina el desencanto. Y cuando reina el desencanto, reformar es herir. Y ya ve usted a gente herida por todas partes. Tan herida que los aplausos de hace cinco días, miércoles, nos duelen aún a todos: el Parlamento parece un gallinero.
El jueves escribí un artículo titulado «Rajoy». Volvería a hacerlo, porque creo que usted puede ser un buen presidente, si lo dejan. Aunque lo dudo. No lo dejan los que lo jalean. Ni la diputada levantina que aún no ha dimitido. Rara vez coincido con los socialistas, pero esta vez tienen razón. Y la tendrían incluso si las expresiones malsonantes no fuesen dirigidas a los parados. O sea, que la propia vulgaridad de la diputada no es digna de una diputada: el Parlamento parece un gallinero, insisto. Yo mismo expulsaría de clase a un alumno que dijese lo que ella dijo, dirigido a estos o aquellos. O sea, señor Rajoy, que les pedimos respeto. Respeto a los funcionarios, y las clases medias, y los que pagamos la desidia de tantos que tan mal lo han hecho.
Respeto porque ya nos fatiga el embuste continuado. Díganos usted la verdad. Díganos que de nosotros no se fían en el norte, y esa es la razón de que estén las cosas como están. Cómo se van a fiar los finlandeses de nuestra educación, que cambia de ley con cada Gobierno. O los ingleses de nuestra Justicia (qué Tribunal Constitucional, qué CGJP: cuánta irresponsabilidad). Cómo los alemanes se fiarán de los empresarios que facturan sin IVA o de los parados que trabajan cobrando el paro. Dígales que este país no funciona. Y no ha funcionado bien nunca en nuestra democracia. España es diferente.
En su coraje, decisión e intelecto está cambiar de verdad las cosas, para siempre? o no hacerlo y permitir que todo siga como hasta ahora: una Administración al servicio de los partidos, los grupos de poder, los jerarcas y no de la gente. La gente que, harta de que nada cambie, ya solo pide respeto.