P or ignorancia o temor, por demagogia o interés, por no saber comunicar o por no resistir la tentación de ocultar la realidad, el Gobierno de Rajoy ya le hizo mucho daño al país. Y no por el sentido y la entidad de las decisiones adoptadas, sino por retrasar procesos que eran urgentes, y dar a entender que, en vez de responder a nuestras necesidades, traen causa de intereses ajenos. Por eso conviene dejar atrás estos meses de gobierno, e iniciar cuanto antes el camino del futuro.
Y esta es, no lo duden, la hora de los ciudadanos, que, al momento de encararnos con las duras medidas anunciadas, podemos elegir entre dos caminos diferentes. El primero, más próximo a las tesis del Gobierno, exige que nos informemos sobre las causas y objetivos de estas decisiones, que calibremos los efectos que van a tener sobre nuestra economía pública y privada, que colaboremos en la eficacia de los procesos de ajuste, y que transmitamos la sensación de ser uno de los países políticamente más cultos e institucionalizados de Europa. El segundo, más pagado de las luchas de poder, abandera la idea de plantarle cara al Gobierno, abrir conflictos en el trabajo y en las calles, llenar los periódicos de Europa con titulares relativos a las algaradas y al descontento social, y demostrar que, además de no tener idea de lo que nos pasa, carecemos del sentido del Estado y de la democracia que nuestra larga, convulsa y fantástica historia haría suponer.
La experiencia de los últimos años permite suponer que la tendencia de los ciudadanos es la primera, con una mesura y una inteligencia que admiran y que nos permiten contraponer nuestro destino al de Grecia. Pero los movimientos iniciados por algunos partidos y sindicatos -no, por suerte, por el PSOE de Rubalcaba-, y por un sector creciente de la opinión publicada y de las redes sociales, hace temer lo segundo, como si España entera se preparase para enfadarse consigo misma, tirar piedras a sus propios tejados, y salir a la calle a dar coces contra el aguijón.
Y es en estas ocasiones -cuando los caminos se bifurcan- cuando conviene pararse a pensar adónde nos lleva cada camino, cuáles son y con qué se nutren las alternativas, y qué efecto podemos lograr con esta estrategia de choque contra el sistema en el que casi todos queremos seguir. Porque el punto de no retorno está muy cerca de la encrucijada, y, una vez que se rebasa, ya no sirven de nada los lamentos y vayapordioses.
Lo que hoy resulta más fácil es coger la gasolina y dirigirse al incendio. Pero lo inteligente es serenarse y adoptar comportamientos institucionales. Por eso pido moderación. Porque sé muy bien de qué va esto, y porque hace ya muchos meses que advertí de que cuando llegase este momento nadie me iba a encontrar en la calle, sino en el debate político leal y constructivo.