U n buen amigo, gran médico y persona de calidad humana excepcional, me contaba hace unos días una anécdota que, por desgracia, ilustra a la perfección los prejuicios que, contra los funcionarios, han ido extendiéndose entre gran parte de la opinión pública española a medida que los Gobiernos del PSOE y del PP los han azuzado para justificar un brutal recorte salarial que convierte a sus víctimas, por añadidura, en chivos expiatorios de esta crisis.
Es el caso que, consultando mi amigo a un trasplantado, toda vez que aquel le trasladara los prejuicios aludidos, no pudo por menos el ilustre galeno que indicar a su paciente que el colega que le había atendido era también un funcionario, lo que pareció a su interlocutor casi un insulto: «No señor, aquel hombre no era funcionario, que era médico». Así estamos: metidos en la misma confusión que llevaba a un conocido a pensar que una cosa es la subida de los precios y otra, mucho más grave, la inflación.
¡Pues ya está bien! La función pública española, que tiene como toda obra humana defectos y que es en algunos ámbitos, sin duda, manifiestamente mejorable, constituye una expresión de los grandes cambios que, incluso en situaciones políticas muy poco propicias para ello, ha experimentado este país en los últimos cien años, y de forma muy especial en los últimos cuarenta, y ha sido, al tiempo, un factor esencial en la modernización de España.
Nuestra salud, nuestra educación, la protección de nuestra seguridad y de nuestras libertades y derechos, la conservación de nuestro patrimonio, los avances en igualdad y en seguridad jurídica y, en una palabra, la amplia mejora general de la calidad de vida y la equidad han sido posibles en España también, aunque no solo, por la existencia de un cuerpo crecientemente profesionalizado de funcionarios públicos que han trabajado con dedicación y espíritu de servicio a la sociedad y que han llegado a donde están tras demostrar, de forma muy mayoritaria, sus méritos y su capacidad.
Ese estereotipo necio, cuando no sencillamente malicioso, del funcionario de manguitos y mangante es un cuento chino que no soporta el más mínimo contraste con la realidad. Pues aunque los hay, claro, vagos, sinvergüenzas y corruptos (vicios de la condición humana de los que no se libra ninguna profesión) la inmensa mayoría de esos funcionarios a los que tanta gente quiere ver en el foso de los leones son los médicos que curan sus enfermedades, los bomberos que evitan que el fuego llegue a sus viviendas, los profesores que enseñan a sus hijos, los administradores que resuelven sus peticiones o sus quejas, los jueces que les hacen justicia o los policías que cuidan de su seguridad. La gran mayoría de ellos seguirán, tras los recortes, intentando hacer honestamente su trabajo. Con o sin extra de Navidad.