Y a lo decían nuestros abuelos. Siempre se puede lograr más, por mucho que se consiga. Y en ocasiones, por muy feliz que sea, te queda el cuerpo como un poco incómodo por no haber logrado la perfección. Es lo que nos ha pasado con la selección de fútbol. Que juega como en un sueño, que bate todos los récords, que logra todos los títulos, que bailó y vaciló a Italia, que son unos chavales estupendos y que hicieron feliz a todo un país, necesitado de buenas noticias.
Pero, seamos sinceros y políticamente poco correctos. ¿A quién no le hubiera gustado que en vez de Italia el rival de la final hubiera sido Alemania? ¿Y que hubiese ocurrido lo que ocurrió?
Porque italianos y españoles, en el fondo somos solidarios. Mediterráneos, rescatados, denostados, despilfarradores, mortificados, incomprendidos y hasta ofendidos. Compartimos mucho. Pero con los alemanes de Merkel compartimos menos. O lo comparten ellos con nosotros, que no sé muy bien. El caso es que como resulta misión imposible ganarles en las mesas negociadoras, podíamos llevar el debate a los estadios. Sería la única forma de vencerles. Pero se interpuso Italia. Una lástima.