Rajoy, Merkel y la vaquiña

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

C reo que no se puede discutir: Mariano Rajoy ha conseguido un éxito importante en la cumbre de Bruselas. Tenía el empeño de que el rescate de la banca no computara como deuda del Estado y lo consiguió. Quería que el acreedor no fuese preferencial, y también lo logró. Y pretendía algún mecanismo de compra de deuda para evitar la presión de los especuladores, y se viene con esa baza. Es un buen balance que le devuelve parte del crédito perdido por la marcha de la economía. El hecho de que deba compartir el éxito con el presidente de Italia no oscurece el momento, porque en Europa solo la señora Merkel obtiene victorias individuales. El resto o son bloques o ejes. Esta vez funcionó el eje Madrid-Roma con el beneplácito de París.

Lo único que ocurre es que esta guerra no ha terminado. Como en todos los contratos, nos falta la letra pequeña. Como en todas las leyes, nos falta el reglamento. Y como en todos los acuerdos internacionales, cada una de las partes tiene que salvar su cara ante sus respectivas opiniones públicas. Todo eso empieza ahora. Y lo empezó, naturalmente, la canciller alemana, que tenía votación en su Parlamento. Su dictamen es prusiano: «Prestación, contrapartida, condicionalidad y control». Cuatro palabras que valen un programa. Traducidas al gallego significan: «Amigos, moi amiguiños, pero a vaquiña polo que vale». Y traducido al castellano, «españoles, esto hay que pagarlo, ya conocéis el precio y os vamos a controlar».

A eso vamos, pues. ¿Y quién lo va a pagar? Fuenteovejuna, señor. ¿Y quién es Fuenteovejuna? Todos a una. Cuando el jefe del Banco Central Europeo, señor Draghi, habla de «estricta condicionalidad», está diciendo que se van a poner unas condiciones que no se las salta un torero. Y cuando la señora Merkel dice algo parecido, está recordando el conjunto de recomendaciones que nos hizo la Comisión. Así que dispongámonos a recibir todos los golpes que están sobre la mesa del Consejo de Ministros: IVA, edad de jubilación, masa salarial del personal público, deducciones de la vivienda, céntimo verde o más recorte sanitario. Esas son las «medidas difíciles» que hace unos días anunció el señor Rajoy.

La nueva situación tiene tres ventajas que, tal como andamos, casi suenan a gloria. Una, que, salvo que vayamos a otro lunes negro, los mercados han aprobado el trance y eso dulcifica su presión sobre la prima y el riesgo-país. La segunda, que al menos temporalmente se aleja de España el fantasma de la intervención, que esa sí que nos iba a poner firmes y sin más derecho que el pataleo. Y la tercera, el consuelo del pobre: pasara lo que pasara en Bruselas, sus recomendaciones había que cumplirlas. Así por lo menos las acaban de endulzar.