Es inevitable fijarse en él. Tiene algo que no tienen los demás. Hasta en las prórrogas de infarto. Recuerda a aquel fútbol de extremos puros que fueron leyenda. A Gento y a sus galopadas. Aunque lo de Navas no es la potencia. Es la liebre que, como dijeron cuando lo vieron jugar de niño, regateaba hasta a los charcos. Es un cable de alta tensión suelto entre las torres de la defensa. Sus nervios le jugaron malas pasadas en el pasado. Pero son sus nervios los que lo convierten en único, en una apuesta de desequilibrio, en un gato que se cuela por el callejón del siete. Linda la dedicatoria para su hijo, tras pase magistral de Iniesta. Si Del Bosque le da más minutos a Navas, hará que todos nos levantemos de la silla. Y es que cuando el balón llega a Navas una corriente convierte en sillas eléctricas todos los asientos. No hay paz cuando encara. Es un puñal en la banda. Un rayo de luz. El antídoto contra las murallas más horribles. Y sus centros de toda la vida, de cuando el fútbol era llegar y centrar, van centrifugados y directos a la cabeza o al pie del compañero. Cuando golpea el balón le pone el veneno justo que se precisa para el gol y el grito. Navas es riesgo garantizado. Un poco de Navas es mucho. Como con Pedro.