Circula estos días por las redes una viñeta en la que un hijo le plantea su futuro al padre. Papá, estoy pensando en hacer carrera en el crimen organizado, le dice. ¿En el sector público o en el privado?, pregunta el padre. Personalmente sugeriría en el público, dice el joven. Nunca acaban en la cárcel. La viñeta es de extraordinaria actualidad, y lo lleva siendo hace tiempo, porque lo que más sorprende, sin ninguna duda, a los pigmeos de este país es que, pase lo que pase, aquí nadie asume responsabilidades. Ni les obligamos a asumirlas.
La chapuza, como califican los periódicos extranjeros, de la socialización de Bankia se está saldando con un torrente de acusaciones de unos contra otros. Y nadie pone la serenidad y el sentido común de señalar a los causantes y de exigir responsabilidades. Más bien al contrario. A los grandes asaltadores de nuestros ahorros los enviamos a la gloria con las maletas repletas de billetes. A los que nos arruinaron, los premiamos.
Somos buena gente. Demasiado buena gente. Y además estamos amansados, resignados y atemorizados. Sin reparar que entre la bondad y la imbecilidad solo hay un paso.