Si no lo digo, reviento. Me parece excelente que la ministra de Empleo, Fátima Báñez, anuncie que a partir de ahora se incrementará el control y seguimiento de las bajas laborales de corta duración. España es el país de la picaresca, y de todos es conocido que más de uno, y de dos, abusa lo indecible de las bajas, muchas veces con la connivencia de un más que tolerante galeno. Las bajas laborales están para que los trabajadores que se encuentren incapacitados para desarrollar su actividad hagan uso de ellas, pero no para acudir al doctor de turno, invocar un inexistente y socorrido estrés, y pasarse dos semanitas jugando al pádel o incluso, como en más de una ocasión ocurre, de vacaciones a muchos kilómetros de distancia de su lugar de residencia. A nadie debería parecerle mal la medida, salvo a aquellos caraduras que se inventan dolencias para no dar palo al agua. Es más, la inmensa mayoría de los trabajadores, los que solo faltan al trabajo cuando su salud se resiente, deben estar satisfechos, pues la medida redundará en beneficio de todos. Y si los médicos son objeto de fiscalización, ¿dónde está el problema? Si se hacen las cosas correctamente, nada tienen que temer. Si se quiere acabar con el absentismo injustificado y otras prácticas abusivas, es imprescindible recurrir a controles de este tipo.