No hay pájaro en mano en los sondeos electorales. El barómetro de Sondaxe refleja un paseo militar de las huestes populares, pero conviene leer la letra pequeña: caída del PP en estimación de voto, en valoración, la indecisión superlativa... Habrá en el 2013, en fin, no solo una confrontación de Feijoo contra el resto sino también una confrontación de Feijoo contra sí mismo (lo prometido versus lo logrado...) y, sobre todo, de Feijoo contra Rajoy, pues de cómo le salgan a este las cosas dependerá en buena medida la supervivencia en Monte Pío del primero (el polvo, en otras latitudes, ya lo mordió Javier Arenas). Pocas pieles de oso podrá mostrar como trofeo Feijoo más allá de un plan de austeridad si el desempleo en la comunidad sigue disparado, desgaste al que hay que sumar el ya por descontado de los hachazos a los funcionarios, a la educación y a la sanidad. Sí le puede dar oxígeno la atomización del voto de la izquierda, y la herencia Fraga (con menos de un 5 % de apoyos no se entra en O Hórreo), además de la depresión de nacionalistas y socialistas, divididos los unos, rendidos misteriosa y dañinamente al peronismo cainita los otros. Pero los 41 escaños de Feijoo son todos, todavía, virtuales. La historia está plagada de sorpresas, aun cuando no existía la demoscopia. Marco Licinio Craso fue a encontrar la más humillante de las derrotas frente a los partos. Cantó victoria antes de tiempo. Hoy, la expresión craso error honra su proverbial error táctico. Las elecciones autonómicas pueden acabar para el PP como esa batalla de Carras de hace 2.065 años, aunque para Feijoo lo malo (y también lo bueno...) es que no todo depende de él. Deberá, no obstante, cuidar de no subestimar a sus rivales. Ni, sobre todo, al electorado.