Digamos lo mismo con otros ejemplos

OPINIÓN

26 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

La inversión de la causalidad, que implica una grave confusión entre el efecto y sus orígenes, es un error muy frecuente en la especie humana, que bien podría deberse a una trasposición intelectualizada del instinto de conservación. Merced a este enfoque desviado de las cosas, que nos permite sustituir nuestros graves problemas por sus leves síntomas, tenemos enormes dificultades para concluir diagnósticos adecuados y tratamientos eficientes, y siempre acabamos siendo arrollados por hechos que, a pesar de ser previsibles, caen sobre nosotros como si fuesen catástrofes bíblicas.

En el ejemplo más elemental de esta inversión causal, son muchos los que creen que están enfermos porque tienen fiebre, en vez de saber que tienen fiebre porque están enfermos. Cada vez hay más gente que cree que llueve porque lo pronosticó la televisión, y no porque el gradiente de temperatura entre las capas bajas y altas de la atmósfera precipita la humedad de las nubes. Y en el colmo de esta inversión están los enfermos tumorales que piensan que la quimioterapia los está destrozando, en vez de aceptar que los tratan químicamente porque están muy graves.

Siendo las cosas así, a nadie debería extrañarle que en asuntos tan complejos como la política y la economía también haya muchos ciudadanos y bastantes expertos que piensan que estamos mal a causa de los recortes, en vez de aceptar que sufrimos los recortes porque estamos fatal. Y ese es el origen del diálogo de sordos que domina el debate presupuestario, en el que, mientras el Gobierno sostiene que el estado general del país no permite terapias alternativas a la reducción de ese tumor llamado déficit, la oposición parece haberse aferrado a la idea de que el mal viene de los recortes, y que bastaría con suavizar o aplazar el tratamiento para empezar a crecer, a generar empleo o a rebajar la angustia que nos deprime. Y ahí estamos, con Rubalcaba empeñado en bajarnos la fiebre con compresas de agua fresca y antipiréticos genéricos, mientras Montoro y De Guindos insisten en que no sirve de nada bajar la fiebre si no se corta la septicemia generalizada que nos tiene postrados y aterecidos en cama.

Mi diagnóstico, lo saben ustedes, coincide con los de Montoro y De Guindos. Aunque no logro entender ese meigallo que hace que los médicos cambien de posición según estén en plantilla -es decir, en el Gobierno-, o se encuentren en el paro -es decir, en la oposición-. Porque este intercambio de diagnósticos hace que el enfermo se niegue a colaborar. Por eso estamos cayendo en el último de los errores que cabía imaginar: creer que la culpa de la enfermedad la tienen solo los médicos, y que es mejor echarlos a patadas para encomendar nuestras cuitas a los curanderos y a la automedicación. Como si el cementerio -lo dijo Palafox- fuese una opción.