23 abr 2012 . Actualizado a las 06:00 h.
G alicia tiene grandes barcos de cemento varados en tierra. Gigantes criados con leche de las vacas gordas. Cascarones sin rumbo que se tragaron millones de fondos públicos. Hermanos mayores de esas casas inacabadas cuyo esqueleto roído sorprende a los visitantes. Parientes de los reasfaltados varios y de las miles de farolas relucientes que ahora hay que apagar. Es esa adoración por lo nuevo, que suele ser la perdición del nuevo rico, valga la redundancia, o del falso pudiente. Y ahora resulta que lo viejo empieza a derrumbarse. Es una triste paradoja primero levantar el Gaiás con granito importado y después permitir que se caiga la piedra propia. Nada como tirar piedras contra el propio tejado.