Los empleados públicos son el pimpampum de la sociedad española. Y como es habitual, con una falta de rigor en el análisis, incluido el de las imprescindibles soluciones. La Administración y el empleo público necesitan una amplia reflexión y desde luego una profunda reforma. Pero para alcanzar una solución correcta a una situación compleja, esta debe de ser formulada con datos ciertos y rigor metodológico. En el caso del empleo público y por tanto de los funcionarios y su eficacia, en lugar de datos ciertos y rigor, se ha instalado la simplificación y la demagogia.
Existe en los funcionarios desmotivación y abandono, y por lo tanto falta de eficacia, y también causas de escándalo que sustentan el discurso demagógico, y enmascaran la verdadera naturaleza de los problemas de la Administración pública, e incluso dan pie al aguerrido discurso neoliberal de la eficacia y abaratamiento de los servicios privatizados.
Cierto que son piedra de escándalo hechos y dichos ciertos: jornadas de 35 horas, cuando lo legal está en dos horas y media más, incumplimiento de horarios, absentismo por encima de la media de la población laboral, y un largo etcétera de fácil seguimiento en periódicos y discursos políticos. Pero la función pública es multiforme, y no es fácil comparar entre funcionarios. No solo por las diferencias salariales y su estructura, sino también por sus jornadas laborales, incompatibilidades y capacidad de influir en su propia gobernanza.
Nadie debería olvidar que la función pública es un sistema jerarquizado, por más que la imagen que se quiera transmitir sea la del ejército de Pancho Villa. Y que por lo tanto tiene jefes. Responsables de su organización y su trabajo. A lo que convendría añadir que en muchos sectores de este empleo público, donde está asentada una fuerte componente de automotivación profesional, gran parte de la eficacia en el trabajo deriva de los propios empleados públicos, a despecho de la capacidad, el rigor y la eficacia de sus jefes.
Y si la historia justifica que los primeros en perder parte de su sueldo sean los empleados públicos, no es de recibo que el actual secretario de Estado de Administraciones Públicas, por tanto jefe máximo de la función pública -funcionario él, pero desde hace 29 años político institucional continuo y multifunción-, en lugar de hablar de sus responsabilidades en la función pública con rigor metodológico y datos ciertos, frivoliza con cafelitos y periódicos. En la más firme tradición de que el mal de los funcionarios y la Administración está en sus responsables y jefes. Que pueden sobrevivir treinta años de políticos.