Están los elefantes. Y también las cacharrerías. Lo natural es que vayan por separado, a pesar de la frase hecha y de los acontecimientos de los últimos días. Nada más lejos de una cacharrería que la sabana africana, uno de los lugares que, sin necesidad de que haya tomado cartas en el asunto del horizonte Miguel Ángel o Giotto, produce algo parecido al síndrome de Stendhal. Ver dos jirafas erguidas, dibujadas contra el cielo, causa un vértigo similar al de contemplar la fachada de una catedral gótica. Contemplarlas peleándose, golpes sordos de cuello contra cuello, es como asistir al duelo de dos torres que se retuercen. El elefante es más románico. Más viejo y redondeado. Gris. Arrugado. Robusto. Pétreo. Roca con ojos, grandes orejas y memoria. Un elefante caminando lentamente en su hábitat ofrece una imagen de animal venerable. ¿Para qué matarlo? En cuestión de puntería y de reflejos de cazador, es bastante más meritorio perseguir una perdiz o una liebre en un monte de Lugo. ¿Por qué alguien querría matarlo? Simplemente, porque puede permitírselo y porque sabe que la gran mayoría de la humanidad nunca pagará 30.000 euros por cazar un paquidermo, es consciente de que solo unos pocos pueden emular aquellas fotos en blanco y negro en las que Theodore Roosevelt posaba con las piezas cobradas en su legendaria matanza africana. Es una actividad exclusiva y, supuestamente, solo por eso ya merece la pena. Un elefante es un trofeo vistoso para los pudientes, pero un blanco fácil si se compara con otros. Algo así como la sanidad en tiempos de crisis. Otra vez elefantes. Y, sobre todo, cacharrerías.