Para hablar del accidente del rey, parto de una pregunta: ¿qué habría ocurrido si hubiéramos sabido que estaba en un safari fuera de España, aunque no se dijera el lugar por motivos de seguridad? Absolutamente nada. Hubiéramos lamentado el percance, quizá le habríamos dicho aquello de que ya no tiene edad para esas exóticas diversiones, nos habríamos puesto tiernos y ecologistas ante la foto del elefante estrellado contra el árbol, y poco más. Es lo que tiene la transparencia: cuando existe, los hechos no sorprenden a nadie.
Como no teníamos ni idea de las andanzas de su majestad, pasou o que pasou: que andábamos preguntando por qué no acudía a visitar a su nieto herido, y que resultó inevitable la imagen del cazador cazado. Esa ha sido, al menos, la primera impresión de este cronista: el rey se había dado la alegría de una escapada de extranjis, tuvo la mala suerte de tropezar y se descubrió él solito. Es lo que entre parejas se conoce como una «cazada». A partir de ahí, todo es incontrolable: vaya ejemplo para un país castigado por la crisis; habrá que ver cómo se paga todo eso; sabe Dios cuántas veces se habrá ido a cazar osos o elefantes mientras creíamos que estaba velando por España... Y el republicanismo se puso tan cachondo como cuando saltó el lío de Urdangarin. Entre el yerno y el suegro parece que les estaban regalando pedazos de república.
Ese fue el clima de la opinión estos días. Cauteloso en los medios tradicionales, rompedor en las redes sociales e Internet, irritado y sorprendido en las conversaciones de bar. Por mucha buena voluntad que pongamos, la Corona sale dañada de este episodio. Sale abollada. No tanto como para ponerse a pedir el cambio de régimen o reclamar la abdicación como hizo el atrevido Tomás Gómez, pero con daños visibles de imagen. Hasta ahora, el rey era perfecto dentro de las limitaciones humanas; a partir de ahora es humano con todas las imperfecciones. Y me temo lo peor: que este haya sido el trance a partir del cual se pierde el respeto al rey y a la Corona. Si eso ocurriera, el suceso del elefante sería de una gravedad histórica.
Por eso vuelvo al principio de esta crónica: hay que detectar el origen del error. Como estoy convencido de que ha sido informativo, aplíquese ahí la medicina: la Zarzuela tiene que ser transparente. No puede permitir que el Gobierno la excluya de la Ley de Transparencia. Frente al derecho a la vida privada del jefe del Estado, se alza el derecho de la sociedad a conocer, al menos, cuándo trabaja y cuándo descansa. Y, si sale al extranjero, qué menos que contarlo a la sociedad. ¿Es tarde para esa rectificación? No. La pena es que haya que pedirlo después de un susto que soliviantó al país.