La semana ha sido pródiga en curvas, subes, bajas, requiebros y quebrantos que no explicaré. Llega un momento en que las explicaciones son iterativas. Me quedaré con el jueves, y no con la comparecencia en el juzgado de Conde Roa, porque todo está expresado en la dicotomía poder político/ciudadanía: un político tiene que ser el más ejemplar de los ciudadanos, y como tal responder por sus responsabilidades.
Y dejando lo obvio, no salgo del jueves, que no es una novela de Chesterton (El hombre que fue Jueves: le gustaba mucho a Borges), sino el día en que un grupo político, el BNG, en nombre de la libertad de expresión y en contra de cualquier tipo de censura, acogió en su sede del Concello de Santiago a un cómico. No escribo su nombre, solo sus hechos: hace años que humilla a los católicos, que se mofa de sus símbolos, que banaliza sus sacramentos (lo sagrado), que los insulta con sus espectáculos, que los agravia con su quehacer. Al cómico le ha ido bien en Santiago y le irá bien en Galicia. Pasó de vender un manojo de entradas a completar aforo. Pocas operaciones de márketing gozan de tanto éxito: los publicistas debían tomar nota.
Pero mi reflexión no versa sobre el cómico, ni sobre el arte de la representación que practica, sino sobre su ofensa. Y no es que esa sea una apreciación personal, sino que ese es el hecho constatable de miles y miles de personas que se sienten vilipendiadas por sus espectáculos. No es crítica de la religión, es ofensa a los que profesan esa religión. No es ejercer de ateo o agnóstico y subvertir determinados credos, sino que es ultrajar a los creyentes católicos. Menospreciar y vituperar no es propio de gente cultivada: los cómicos de la legua nunca evidenciaron tal arte. Menospreciar y vituperar son los verbos que contribuyen a hacer del territorio cívico un lugar incívico, de la mala educación una constante, y de la falta de respeto por las ideas o creencias de los otros una frontera que linda con lo inasumible por una sociedad democrática.
El oprobio que sienten algunos, lo comparto. Yo también me siento ultrajado. Más aún cuando sé que un grupo político democrático defiende a quien practica el ultraje: el cómico que ha convertido la Revelación en un espectáculo de mofa. Con el «detalle» del jueves el BNG ha evidenciado la desdicha de todo lo que debemos rechazar, y me duele. Me pregunto si serán capaces de pedir el voto a algún católico en los próximos comicios electorales. ¿Podrá votar un creyente a aquellos que aplaudieron a un cómico que ha hecho del insulto al catolicismo un mérito profesional y una fuente de ingresos pecuniarios? Escudarse ahora en la libertad de expresión, o en los errores de la Iglesia, es tan demagógico como insulso intelectualmente. El BNG no debiera abrazar la ofensa.