Empezó el ministro de Industria, José Manuel Soria. Fue el primero en hablar cuando saltaron las alarmas. Dijo que «si hay esos gestos de hostilidad contra España, estos traerán consigo consecuencias». Se refería al pulso que la presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, está echando a Repsol. Ayer el ardor del Ejecutivo español no cesó. Todo lo contrario. Incluso España logró que Bruselas saliera en su defensa. La Comisión Europea dijo que «está del lado de España» e insta a Argentina a buscar una solución negociada y a respetar sus compromisos internacionales. La vicepresidenta española, Sáenz de Santamaría, invitó «a la reflexión». Pero más contundente fue el ministro de Exteriores, Juan Antonio García-Margallo, que llamó al embajador y que aclaró que «la ruptura de la relación entre España y Argentina no sería solo económica, sino fraternal». Y «una ruptura entre ambos países sería el peor de los escenarios». La solución es difícil. Kirchner necesita recuperar su capacidad energética para que no se hunda otra vez su economía. Pero a la vez España es el principal inversor allá, mientras en las calles lucen carteles con el lema: «Soberanía energética es recuperar lo nuestro». El pulso seguirá. Hay mucho dinero en juego.