Rabo preso

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

Los brasileños se sirven de una locución muy expresiva para indicar que una persona no puede hablar sobre determinados asuntos o actuar en algunos ámbitos cuando su pasado o los intereses personales le impiden hacerlo. Fulano «fica de rabo preso», dicen, y la imagen evoca inmediatamente al perro atrapado que permanece constreñido al radio de acción que marca la distancia entre su cola y el hocico. Más allá no puede morder. A menudo lo aplican a políticos. Supuestos líderes que no se atreven a hablar de derechos humanos cuando negocian con China, para evitar represalias económicas. O aquellos que reciben o visitan a Chávez, Kirchner o Correa y no se atreven a mencionar los atentados salvajes contra la libertad de expresión, no vaya a ser que les nacionalicen otro banco u otra petrolera. Les pasa a los presidentes americanos con Israel, que ha hecho rehenes en una parte clave y bien adinerada del electorado estadounidense.

En ese panorama sorprende la voz de Benedicto XVI que, cuando viaja a un país, pone siempre el dedo en la llaga, siguiendo a Juan Pablo II, que no calló ante Jaruzelski, Marcos, Pinochet, Ortega y tantos otros, incluido el propio Fidel Castro. Sin embargo, el papa también tiene rehenes: la minoría católica cubana, gentes relegadas por el régimen, pisoteadas, y a las que desea ahorrar sufrimientos mayores. Sus discursos en Cuba, más duros y directos que los de cualquier otro dirigente internacional, han parecido insuficientes a algunos despistados. Y eso que sus rehenes no son grandes corporaciones vaticanas ni intereses nacionales, sino gente común cubana. Hay quien no advierte la diferencia.