Cuando nos enteramos del asesinato a sangre fría de tres inocentes criaturas y del padre de dos de ellas a la entrada del colegio judío de Toulouse donde estudiaban, una vez más la comunidad musulmana en Francia sintió un escalofrío por la ola de xenofobia que podría alentar contra ellos. El hecho de que el culpable de este horror fuera el mismo que, poco antes, había matado a tres soldados franceses de origen magrebí unió en el dolor a dos comunidades enfrentadas, en muchas ocasiones, a la fuerza, al tiempo que ha puesto sobre el mantel el creciente racismo que se empieza a respirar en el país.
Lo cierto es que Francia, como casi todos los países europeos, es tierra de acogida e integración -incluyendo a nuestros exiliados políticos durante décadas-, y si por algo ha destacado es por su tolerancia al extranjero, una tolerancia que está sufriendo una involución hacia el rechazo y la exclusión alimentada por las dificultades económicas que trae la crisis.
Las generaciones nacidas en Francia, hijos y nietos de aquellos inmigrantes ilusionados y esforzados, a medio camino entre el Occidente liberal y el Oriente tradicional, viven en grandes conurbaciones de marginación y pobreza donde la rabia y la frustración surgen de manera regular al igual que ocurre en zonas de similares características en Gran Bretaña o Alemania.
Frente a aquellos que intentan abrirse un hueco en la sociedad trabajando, como los soldados asesinados, están los que, como Mohammed Merah, se regodean en el rechazo a la tierra que los ha visto nacer, los ha educado y alimentado. Marginales se unen a la única organización que los acoge con los brazos abiertos y alienta su odio a todo aquello que no han sabido aceptar o asimilar, Al Qaida.
La línea que separa la integración del terrorismo es tan fina como peligrosa; tarea de todos hacer de la tolerancia y el respeto nuestra máxima de convivencia en un mundo cada vez más globalizado y donde la diferencia es cada vez menor.