Carbonero


Rosa María Calaf no cree que lo que hace Sara Carbonero sea periodismo. Lo dice una mujer cuyas crónicas desde el mundo tenían acento propio, enfoque e intención, una combinación difícil de encontrar y que tantas veces desaparece por el sumidero del periodismo burger king. A Calaf la amordazó una inexplicable norma de ajuste laboral que privó a los españoles de grandes profesionales de la televisión enviados a la reserva a la provecta edad de 55 años. En España no gustan los periodistas sénior. Los reporteros maduros, macerados por los años de profesión y con oficio, apenas están en las redacciones. Una poda generacional muy singular de España que no aplican cabeceras de referencia del mundo anglosajón. En cualquier gran acontecimiento informativo de los que concentran a cronistas del mundo entero sobresalen las canas de viejos periodistas que además no quieren ser otra cosa. Hacen lo que quieren hacer, observar la realidad y transmitirla con honestidad. Un patrimonio que los medios deberían mimar para mantenerse en estos tiempos de información al minuto, de sobrecarga de mensajes en los que es tan fácil empacharse.

Entiendo el lamento de Calaf. Y me sumo a la extrañeza de contemplar cómo una periodista besa en público a su objeto principal de información. Carbonero plantea un modelo inquietante, que en realidad arrasa con la independencia y la distancia desde la que debe ejercerse el periodismo. En una generalización de esta simbiosis entre la intimidad y la profesión, podríamos emparejar al redactor de política con el presidente del Gobierno y al de economía con el gobernador del Banco de España. ¿Raro, no?

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