Enmudecidos como nos dejó The Artist, un cofre del tesoro sin palabras, quedó en el tintero otra maravilla. El Óscar al mejor corto animado fue para el trabajo con el título más largo. Todo un guiño a su originalidad. The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore, así se titulan estos quince minutos sobre un personaje enamorado de los libros. Muy recomendable, para los que aún amamos el papel. Sus creadores, William Joyce y Brandon Oldenburg, han firmado un canto de amor a la lectura. Morris Lessmore es un muchacho, luego un adulto y más tarde un hombre mayor que ama leer. Por encima de todas las cosas. Come sopa de letras, vive entre libros. Y sabe que los libros nos hacen volar. Su biblioteca está llena de aves que son volúmenes que agitan sus lomos, sus alas, para que la imaginación coquetee con las alturas. En el corto hay un episodio muy hermoso. Un libro antiguo está a punto de morir. Y Morris lo opera bajo la mirada atenta de todos los libros desde los estantes. Morris recurre a la medicina y son los libros los que le soplan que la manera de salvar a ese volumen no es otra que leerlo. Pronto se pone a hacerlo, y el tomo vuelve a la vida. Todos los sueños escritos no son nada sin unos ojos que los resuciten.