Aunque damos por sentado que no es igual Rajoy que Zapatero, muchos españoles emitieron su voto creyendo que las diferencias entre la izquierda y la derecha son solo de matiz, y que el hecho de estar cansados de uno es razón suficiente para votar al otro. Quizá por eso, por estar convencidos de que todo el partido se juega en el centro del campo, nos mostramos sorprendidos cada vez que la derecha gobierna como gobiernan las derechas, como si añorásemos una alianza imposible entre las dulces formas del centroizquierda y la pretendida eficacia de los liberales. Y eso, como dejó demostrado Aznar, es un error.
No faltará quien diga que el propio Rajoy fomentó esta confusión al dar a entender que la única exigencia para regenerar España en lo económico y en lo social era la derrota de Zapatero. Pero la dura realidad es que todo está sucediendo al revés de como lo presentaba Rajoy, y que, mientras la confianza se hace remisa y la imagen no mejora, las formas y estéticas de la derecha se imponen por doquier en hechos y lenguajes. Y por eso no nos va a quedar más remedio que aceptar el estilo traído por un partido al que le hemos entregado el poder más grande y omnipresente que haya tenido jamás una formación democrática.
El marco laboral quedó patas arriba. Los sindicatos se ven preteridos y temen por su privilegiado estatus. La patronal está envalentonada, y da a entender que para eso han ganado «los suyos». Los recortes se aplican sin compasión, porque la dureza se equipara al rigor. La protesta ciudadana se considera desorden público. La contundencia verbal emponzoña los diálogos. Y la policía ya no es como antes. Nuestras tropas van a permanecer al servicio de coaliciones acomplejadas en cuya definición y decisiones no hemos participado. A Londres ya le pusimos las nuevas condiciones de un diálogo sobre Gibraltar que Cameron no desea ni necesita mantener. A Merkel le vamos a decir que los acuerdos sobre déficit no se pueden cumplir por culpa de Zapatero. Y la idea de que la flexibilidad es lo mismo que la debilidad se está imponiendo en todos los frentes y niveles.
Así las cosas, les recomiendo que vayan asumiendo que España está gobernada por una poderosísima derecha, dispuesta a «hacer lo que hay que hacer» y a «cumplir lo prometido». Y por eso carece de sentido considerar como errores lo que ellos interpretan como aciertos; o que deben aplicar la tolerancia donde creen que se necesita autoridad; o que garanticen el carácter público de los servicios mientras defienden la ética de la competencia y el mercado; o que busquen la igualdad y la solidaridad cuando lo que prometieron fue la justicia tomista del unicuiqui suum -a cada cual lo suyo-. Porque han ganado como derecha, y como derecha van a gobernar. Y si alguien quiere otra cosa, tendrá que votar otra cosa.