El poder de las reglas o el sálvese quien pueda

Tino Novoa EN LA FRONTERA

OPINIÓN

19 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Un viejo compañero, al que admiro, decía con cada caso de corrupción que esas cosas solo ocurrían en España. Y como el corrupto de turno se aferrara al cargo, añadía la coletilla de que en cualquier otro país ya habría dimitido. En su esquema, la calidad de nuestra democracia no resistía la comparación con las del resto de Europa. Bien, la sarta de irregularidades, trapicheos, favores, mentiras y la contumaz resistencia a dimitir del ya expresidente alemán Christian Wulff demuestra que la corrupción es un mal capaz de anidar en cualquier persona, con independencia de su nacionalidad y de su cargo. No hay, pues, ni personas ni pueblos ni culturas superiores moralmente. Ni en ninguna otra condición, por supuesto. El único antídoto eficaz contra la corrupción es el establecimiento de reglas y un estricto control.

Las reglas son constituyentes de las relaciones, de las sociedades. Y su vulneración diluye hasta las estructuras más sólidas. La corrupción es solo un síntoma de un mal más profundo, el de la devaluación de la norma. Ya sea por su desprecio, ya sea por su desaparición. Los grandes popes del neoliberalismo se han afanado durante los últimos treinta años, con gran éxito, en suprimir las reglas que introducían un cierto orden en las relaciones económicas. Con la excusa de liberalizar la circulación de capitales, la desregulación dio carta blanca a los especuladores para que camparan a sus anchas. El mundo se convirtió en un gran casino en el que unos cuantos se apropiaron del dinero. Porque la crisis no es para todos.

Una sociedad sin reglas es una sociedad en la que se impone la ley del más fuerte. Y a eso nos conduce la reforma laboral del PP. No flexibiliza las relaciones laborales, las desregula y convierte al empleado en vasallo. Los empresarios que entienden que la empresa es un empeño compartido, en el que cada miembro del colectivo es tan necesario como cualquier otro para alcanzar el objetivo común, sabrán prescindir de lo prescindible. Porque la crisis actual no es una condena de por vida. Es un doloroso aviso de que las cosas hay que hacerlas de otra manera. No es un problema de cifras ni de reformas salvajes. Es cuestión de recuperar la competitividad perdida. Y para ello somos todos necesarios, sin exclusiones ni imposiciones. Tenemos el futuro que queramos, pero hay que cambiar mentalidades, superar actitudes acomodaticias, perder el miedo al riesgo, renovar el afán de aprender y recuperar el amor a la innovación. El camino es el conocimiento y la entrega, y eso solo es viable desde la integración. Es decir, con reglas justas. No con patrioterismos añejos como el de Aznar, un adalid de la desregulación que en su soberbia se atreve a dar lecciones a quien desdeñó cuando pintaban bastos. Así no se construye nada. Ni tampoco desde la autocomplacencia que domina el congreso del PP. El país sigue tan hundido como hace meses. Así que no es hora de euforias, sino de soluciones y de aunar esfuerzos.