Emulan a apellidos ilustres con resonancia en la política española, como los Gallardón, Solana, Calvo Sotelo, Boyer, Rajoy o Pujol. Pero, a diferencia de estos, no han heredado de sus padres o abuelos solamente la vocación política o el afán por dedicarse a la cosa pública, sino que han acabado por suceder en el cargo al pariente.
Como resulta imprescindible en un sistema democrático, han hecho -siempre llevados por la experta mano familiar- el recorrido necesario para ello: conseguir primero el respaldo del partido a su candidatura y después el de las urnas, para acceder al sillón que viene a convertirse en una extensión del patrimonio familiar.
Los casos de estas peculiares dinastías políticas, numerosos en Galicia, suelen tener varias características en común: municipios de menos de 5.000 habitantes, escasamente desarrollados y con una holgada mayoría conservadora en las sucesivas confrontaciones electorales.
La primera y más natural explicación de este fenómeno habla de un vecindario que se conoce de toda la vida, encariñado con su regidor -también de toda la vida- y que prefiere continuar con más de lo mismo antes que dar paso a otras alternativas.
Pero también podría explicarse por una manifiesta incapacidad de los partidos de oposición para presentar una alternativa sólida. O porque el tamaño y las características de esos ayuntamientos los dejan fuera de sus prioridades de acción.
Si un municipio ofrece tan escasos alicientes para que sus propios vecinos aspiren a gobernarlo, una fusión puede ser la solución adecuada. Generaría más expectativas y, de paso, ahorraría dinero público.