Contador, que ha domado grandes montañas, no ha superado el puerto más pequeño. Cincuenta picogramos de clembuterol. Antes de su caída, recibió mil empujones. Los que crucificaron a otros, lo arroparon a él con presunciones de inocencia. Distinguieron entre villanos y perseguidos. Lo convirtieron en un mártir. Pero España no tenía la última palabra. Y queda un sabor amargo más allá de la sanción. Las autoridades y la justicia deportiva respiran en función del acusado. Y del deporte en cuestión. Hay castas. Unos pagan con unos meses. Otros compiten mientras esperan sentencia. A los menos afortunados se les entierra primero bajo la losa de un veto oficioso. Y los hay que pasan años enlatados en una operación mal cerrada. Porque no descansan en el mismo cementerio los ángeles caídos.