os peajes ya no son lo que solían. Las cabinas de las autopistas eran hasta ahora las aduanas del progreso. Fueron apareciendo a medida que nos sentíamos ricos. Cada locutorio lo vivíamos como un empujoncito al PIB. Los aceptamos como evidencia onerosa de que nuestras comunicaciones eran las propias de un país en marcha. Muchas cabinas significaban muchas autopistas, el sistema circulatorio del bienestar, que justo se espesó y sofisticó cuando dejamos de usar los puestos fronterizos. Para cruzar a Portugal antes se enseñaba el pasaporte; después bastaba con la Visa. Pero nuestra relación con los peajes ha empezado a cambiar. En Portugal los tirotearon. El ejército tuvo que desplegarse para evitar los sabotajes. Agentes armados y protegidos con chalecos antibalas blindaron las garitas de la ira colectiva con la misma disposición con la que antes custodiaban las alfándegas. A este lado del Miño, la rebelión está siendo más pacífica. Nada de tiros. Más en la línea de la resistencia pacífica. Porque en muchos de estos nuevos puestos fronterizos, las personas que ocupan los cuartuchos de cobro han empezado a ser sustituidas por máquinas que engullen los euros sin la sonrisa mecánica de los cabineros. De momento conviven los armatostes con los hombres. Parecen librar un duelo cruel para ver quién recauda más y más rápido. Pero los contables no contaban con el factor humano. Porque casi todos los conductores eligen la cabina que respira. Nadie los ha organizado, pero los que lo hacen confían en que la humanidad gane la batalla. O al menos tratan de evitar que el contador mecánico envíe a otra persona al paro.