Q ue Manuel Fraga forma parte de la historia contemporánea como figura relevante es una obviedad. Testimonios de estos días, desde diferentes posiciones ideológicas, lo han confirmado. Mi recuerdo se limita a la relación personal con él en algunos momentos de la vida. Vaya por delante, como le manifesté en un tarjetón manuscrito cuando hace meses decidió dejar la política activa, el testimonio de mi agradecimiento por haberme propuesto para la concesión de la medalla de oro de Galicia, la mayor honra, entiendo, que puede otorgarse a un gallego. No he participado en ninguna de sus iniciativas políticas, aunque me invitó a incorporarme en su primera y exitosa candidatura a la presidencia de la Xunta de Galicia. Las discrepancias que hayamos podido tener en fases de la vida pública no impidieron un mutuo trato cordial. Los almuerzos a los que me invitó, fundamentalmente en mi etapa de rector en el habitual apartado compostelano, constituyen para mí un testimonio de esa cordialidad, enriquecida por anécdotas y referencias que su cultura enciclopédica hacía gratos. Contaban, además, con el sustrato de la afinidad académica y de confesadas convicciones cristianas.
No es mi propósito realizar en este momento una evaluación de su larga trayectoria pública. Ha estado en las dos orillas, si se toma a la Constitución como línea divisoria. El Partido Popular ha sido su máxima contribución a la consolidación de la democracia, después del derrumbe de UCD. Lo recuerdo como un brillante parlamentario, en el que la expresión seguía apuradamente la carrera del pensamiento. Su valía personal mitigaba la inferioridad numérica que el grupo parlamentario de Alianza Popular tenía en las Cortes constituyentes. Su capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias del devenir público será susceptible de diferente valoración. La constato en relación con el hecho autonómico. En la elaboración del título VIII de la Constitución lo teníamos al margen de las reuniones oficiosas que realizábamos en despachos privados. La posición de Alianza Popular no permitía otra estrategia. Al cabo de los años terminó identificándose con la autonomía política desde su prolongada presidencia de la Xunta de Galicia.
Mi relación con él como rector me permitió descubrir una personalidad más allá de fáciles estereotipos a que pudieran inclinar manifestaciones recias de su carácter que se han hecho famosas. Quizá existiesen algunas rayas rojas, pero sus colaboradores tenían amplio margen para su propia autonomía. Comprobé cómo le había afectado anímicamente el Prestige y palpé su humanidad en el cubano santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre cuando el recuerdo de su madre le impidió seguir hablando. Político infatigable, pero hombre al fin.