Una vez más, se demuestra que tras la proverbial maestría de Zapatero para medir los tiempos políticos se escondía en realidad la torpeza más absoluta a la hora de diseñar estrategias y adelantarse a los acontecimientos. En un momento crucial para España, en el que el Gobierno del PP está tomando decisiones trascendentales que van a marcar el futuro del país durante décadas, el PSOE se encuentra inmerso en una lucha fratricida y sin capacidad de respuesta. El todavía secretario general de los socialistas anunció en el peor momento, un mes y medio antes de las elecciones autonómicas y municipales, su decisión de no optar a un tercer mandato. Contribuyó así a aumentar la debacle del PSOE en aquellos comicios y luego en las generales. Y, tras el naufragio, remató la faena convocando para el 3 de febrero, apenas 40 días después de la toma de posesión del nuevo jefe del Ejecutivo, un congreso del partido para elegir a su sucesor.
Que Mariano Rajoy iba a presentar un durísimo plan de ajuste presupuestario y de reformas económicas inmediatamente después de llegar a la Moncloa era algo totalmente sabido. Pero, en lugar de asegurarse de que el PSOE pudiera responder a ese previsible plan de choque de Rajoy de una manera firme, unitaria y constructivamente crítica, dejando para más adelante el debate interno, la convocatoria del congreso para febrero abocó al partido a asistir como un mero espectador no solo inerme, sino también dividido, a las duras reformas de Rajoy. El resultado es que el nuevo presidente del Gobierno ha podido ejecutar el mayor recorte presupuestario de la historia y una subida de impuestos que contradice flagrantemente lo que prometió durante la campaña sin apenas oposición de un PSOE enfrascado en el apasionante debate sobre si la renovación del proyecto de Zapatero la encarna quien fue su vicepresidente primero o quien fue su ministra de Defensa e hija política predilecta. Mientras los socialistas se miran el ombligo y andan a la gresca, Rajoy aprovecha para hacer y deshacer a su antojo, olvidando su propio programa y sin sufrir coste político alguno por ello, según indican las encuestas.
La última ocurrencia de los socialistas, que llevan días exigiendo que Rajoy comparezca en el Parlamento para dar cuenta de las medidas adoptadas, es la de impedir que Alfredo Pérez Rubalcaba siga ejerciendo como portavoz en el Congreso para evitar que tenga más protagonismo que Chacón en la lucha por la sucesión de Zapatero. Y así, en el debate de hoy, el primero tras las elecciones, quien dará la réplica al Gobierno será José Antonio Alonso. Todo un carácter. Con un secretario general del PSOE desaparecido, con el principal partido de la oposición sin una cabeza visible en el Congreso y con los socialistas peleándose entre sí, Rajoy podría declararse mañana emperador y perder solo alguna decimilla en los sondeos.