Núñez Feijoo y la educación sentimental


Qué sería de mi vida sin Flaubert. Lo leo a menudo para tener en quien mirarme, ahora que mirarse en otro es tarea afecta a la procrastinación (siempre la dejamos para más adelante). He releído estas Navidades La educación sentimental: me ha parecido tan actual que la traigo a mi primera columna política del año.

Dijo Lucien Freud que todo arte es autobiográfico. Toda labor de Gobierno, y de oposición, también lo es. Los mandatarios van escribiéndose a sí mismos con sus acciones. Freud el pintor y Flaubert tienen en común el talento y la honestidad intelectual, el rigor cognitivo y la sensibilidad. Ambos nos hablaron de la pérdida y el fracaso. Uno con sus novelas, otro con sus cuadros. No deja de perturbarme el retrato de Isabel II: lo criticaron porque la había hecho más vieja de lo que en realidad era. Freud sostenía que no pintaba lo que veía, sino lo que «era».

Flaubert hizo lo mismo: no concibió La educación sentimental como novela social y política (lo que veía) sino como el amargo progreso de la desilusión (lo que era). Quiero imaginar a Alberto Núñez Feijoo con el libro de Flaubert mientras escuchaba las críticas de la oposición. Quiero imaginarlo con la desilusión colgada de los ojos al percibir que semeja la doctrina, no el bien común, quien persigue a muchos políticos.

Es la tristeza lo que queda, una delicada materia de melancolía, luego de leer a Flaubert (quizá por ello Julian Barnes escribió su novela más risueña, El loro de Flaubert: para vengar al maestro). Es la tristeza lo que resta al conocer lo que se ha vertido estos días sobre los cambios de Gobierno. Donde unos ven malas noticias, yo vislumbro sentido común. Dos mujeres, de alta formación técnica, continuarán la senda de sus predecesoras en Sanidade y Facenda. Una conselleira notable, de impecable trayectoria, asumirá Medio Rural. Turismo (más del 10 % de nuestro producto interior bruto), dirigido por la diligente Carmen Pardo, pasa a depender directamente del presidente. Y el más audaz conselleiro del Gabinete, Xesús Vázquez, se hará cargo de Cultura, donde lo preceden la bonhomía y pericia de Varela y López Barxas. ¿Qué hay de malo en todo ello? Nada, todo son beneficios: se optimizan recursos, se gana nuevo aliento, prevalece la austeridad. Pero la oposición ha querido observar el Leviatán. No logro entenderlo. Ni comprendo que Anxo Lorenzo continúe perseguido por el dogma nacionalista. Devolvió la concordia, la no imposición, al idioma: un racional decreto lingüístico que, pasado el tiempo, ha ganado la estima de la mayoría social. ¿Qué hay de malo?, repito.

Vuelvo a La educación sentimental. No he dicho que era la novela favorita de Kafka. No se me ocurre otro adjetivo para calificar la crítica agria que han recibido, Feijoo y su reforma, desde la oposición: kafkiana, sin más.

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