La entrada en vigor de la Logse, en 1990, estableció la conditio sine qua non de poseer el título de graduado en secundaria para acceder a los estudios de formación profesional (FP). El Gobierno del PSOE venía criticando la normativa anterior, que solo exigía el título de enseñanza obligatoria para acceder al bachillerato, con el consiguiente desprestigio de la FP. Con la aprobación este verano de dos reales decretos que desarrollan la reciente Ley de Economía Sostenible, va a ser posible acceder a la FP sin el título de graduado en secundaria. Bastará con un certificado oficial de estudios obligatorios o incluso a través de los programas de cualificación profesional inicial. Ocurrió algo parecido con el 4.º curso de la ESO. Amparándose en el obsoleto principio del retraso en la elección de itinerarios académico/profesionales, la Logse convirtió la secundaria obligatoria en un recinto rígido y cerrado. 21 años después, un Gobierno del mismo color político da de nuevo marcha atrás y crea tres opciones en 4.º de ESO. No es de sabios rectificar si se hace tarde, mal y a rastras. Tarde, porque han pasado más de dos décadas y el mal se diagnosticó mucho antes. Mal, pues se hace por la puerta de atrás: en vez de reformar, de una vez por todas, una ley de educación (LOE) que no soluciona los problemas actuales, se utiliza una ajena a la enseñanza para que no se note mucho la marcha atrás. A rastras, en fin, porque tanto expertos en educación como la propia oposición política vienen demandando reiteradamente un cambio en la enseñanza secundaria. En cualquier caso, la mayor flexibilidad de esta etapa no va a solucionar, por sí sola, nuestros altos índices de fracaso y abandono escolar. El origen de estos males está más allá de la ESO e incluso del propio sistema educativo. La deficiente formación y la falta de motivación de los adolescentes nace en una familia despreocupada por su educación, en una sociedad carente de valores de esfuerzo y sacrificio y en un Gobierno que ha fomentado un paro insoportable. Cuando se llega a la secundaria ya es muy tarde para poner remedio a una absoluta carencia de base formativa y de interés por aprender ¿De qué sirven itinerarios, pasarelas o títulos si el alumno no quiere hacer nada? Una vez más se cumple aquella lapidaria afirmación de Husén, de que la reforma de la educación no puede sustituir a la reforma de la sociedad. Empecemos por hacer formación de padres, por cambiar los mensajes y los ídolos de los medios de comunicación y por crear más trabajo. Después se podrá educar e insertar laboralmente a unos alumnos que, hoy por hoy, están descarriados.