El gran pacto nacional por la educación

Celso Currás
Celso Currás NUESTRA ESCUELA

OPINIÓN

09 ago 2009 . Actualizado a las 11:50 h.

El actual ministro de Educación, Ángel Gabilondo, se ha propuesto conseguir un gran pacto nacional, alcanzando un acuerdo entre comunidades autónomas, partidos políticos y agentes sociales, abarcando, además, todas las etapas del sistema educativo. Es bueno que un nuevo ministro no programe una nueva ley, sino la más urgente necesidad que tiene nuestra educación desde que la intoxicación de reformas y contrarreformas haya deteriorado la enseñanza hasta límites increíbles. Se pretende conseguir unificación entre las comunidades autónomas, respetando las enseñanzas mínimas comunes al Estado y evitando las diferencias, cada día mayores, entre aquellas. Otras propuestas son aumentar el presupuesto dedicado a educación, aprobación de un buen estatuto del profesorado, reforma del bachillerato, formación profesional atractiva y realista y un largo etcétera. Todo ello es necesario, pero el auténtico problema de la educación en nuestro país está más hondo: son dos carencias que es urgente recuperar. La primera, los valores que hacen posible una enseñanza eficaz, y la segunda una buena base formativa, con independencia de lo que cada uno haga después en su vida. Esos valores son conocidos pero también incómodos, y nuestro tiempo rinde culto a la comodidad. No es agradable fomentar y practicar el respeto a la autoridad de los maestros, el sacrificio y esfuerzo para aprender, o los hábitos de orden y constancia en el estudio y en el trabajo intelectual. Son muchos los atractivos del actual sistema de vida que frenan la consecución de estos objetivos, aunque, curiosamente, la sociedad que los infravalora siempre acaba exigiéndolos después, porque, a fin de cuentas, sigue siendo esencialmente meritocrática. Por lo que respecta a la formación básica, es imprescindible conseguir que los alumnos alcancen buena comprensión lectora, correcta expresión oral y escrita, sólida capacidad de razonamiento y posibilidad de sintetizar y relacionar conocimientos. Sin estas competencias, el edificio formativo se derrumbará en cualquier momento. Para alcanzarlas hay que olvidarse en los primeros años de escolaridad de programas sobrecargados, de parcelación de conocimientos o de la obsesión por cumplir con los horarios y los libros de texto. Es suficiente con una buena enseñanza de la lectura, escritura y cálculo, como ya decía nada menos que la Constitución de 1812. En resumen, enseñar a «aprender a aprender», que es objetivo incluso del nuevo Espacio Europeo de la Educación Superior. Alcanzar estas metas supone importantes cambios sociales, pero las Administraciones públicas pueden contribuir a ellos con el fomento de la autoridad y el prestigio de los docentes, de la formación de padres y de su implicación en la educación de los hijos. Hay que llegar a acuerdos con las televisiones para que difundan dichos valores; reducir los currículos, especialmente en los primeros años; avanzar más en la igualdad de oportunidades, que no ha de seguir confundiéndose con igualdad de resultados? Desde luego, si se continúa fomentando la cultura del facilismo y la demagogia, con la promoción sin el aprobado, la concesión de becas a los que suspenden o dejando al alumno hacer lo que quiera, es mejor no iniciar un pacto nacional por la educación. Seguiríamos tapando el fracaso con una nueva reforma.