Toda etapa de gobierno tiene sus luces y sus sombras y, como objetivo esencial, conseguir que las primeras sean superiores a las segundas. Tres han sido las principales luces del bipartito en educación: la primera, aumentar considerablemente el presupuesto, sobre todo al principio de su mandato, aunque luego se le acabó volviendo en contra, por su desacertada gestión. La segunda, fruto del sentido común de la máxima responsable de este departamento, continuar construyendo sobre lo que había hecho, seguir desarrollando programas, fruto del consenso y del trabajo de muchos conocedores del sistema educativo gallego. Así, por ejemplo, se finalizó la implantación del acompañante en el transporte escolar o la gratuidad de los libros de texto y se continuó impulsando la formación profesional, las nuevas tecnologías, la enseñanza del inglés o el plan de financiación de las universidades. La tercera, en fin, debida quizás a los máximos responsables de las unidades superiores, no prescindir de muchos y muy buenos técnicos de la Consellería de Educación. Ellos, por sí solos, pueden evitar un auténtico descalabro. El aumento del presupuesto supuso una «intoxicación de recursos» que, como consecuencia, no se supieron aprovechar. Solamente tres casos: se destinaron profesores a los centros docentes sin criterios claros y equitativos, dejando una envenenada herencia al nuevo Gobierno. Complejos y caros equipamientos informáticos se han enviado sin un estudio previo, estando muchos infrautilizados porque no se llevó pareja una política de formación y mentalización del profesorado. Una parte decisiva de la gestión y financiación de los comedores escolares se cargó a otras Administraciones y entidades, habiéndose generado también un importante problema, pendiente de solucionar. Las sombras han estado centradas, además, en la falta de una adecuada dirección, coordinación y gestión. Había mensajes contradictorios, normativa sin madurar y mucha improvisación. Daba la impresión, como ocurría en las más altas cúpulas de la Xunta, de que cada máximo responsable de un área iba por su lado, sin preocuparle lo que estaba haciendo el compañero. La consecuencia inevitable fueron «marchas atrás», muy peligrosas en educación, y diferencias de criterio entre los directivos. Con frecuencia, la información y las directrices no estaban claras y contrastadas, invalidándose un día lo que se había regulado el anterior. También hubo que pagar el peaje del BNG, en dos facturas: fiscalizar y asustar a la comunidad educativa con la lengua gallega y no publicar el currículo de educación infantil para no entrar en conflicto con las galescolas. Por último, una pregunta: con el grado de autonomía que tienen las universidades, ¿era necesario crear una nueva dirección general en este ámbito y suprimirla en el preuniversitario?