EL CARMEN, 1997. Regreso a mi pueblo de A Mariña a celebrar la patrona. Me esperaban amigos y concejales, con el alcalde de Cervo al frente, para dar testimonio de solidaridad con el espíritu de Ermua. Había formado parte de aquella mesa de Ajuria Enea que hubo de gestionar el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Con Ramón Jáuregui bajamos a pie desde la plaza hasta el ayuntamiento del que era concejal del PP un joven gallego de Ourense. Las gentes lloraban y gritaban a nuestro paso. Era el comienzo de unos días en los que las personas anónimas empujaron a los dirigentes políticos -como yo- a caminar al frente de manifestaciones y concentraciones en las que se gritó: «¡basta ya!». El sábado 12 de Julio en la Gran Vía de Bilbao me encontraba en la cabecera de la mayor manifestación que ha recorrido las calles de una ciudad vasca. Pedíamos la libertad del secuestrado al que ya habían condenado a muerte y lo convertían en un elemento de propaganda macabra a favor del terror. Pero se pasaron. Ya nada fue igual. Al menos mientras duró el espíritu de la rebeldía, de la dignidad paisana, del compromiso de los dirigentes políticos por la unidad frente al terrorismo. Luego alguien lo manipuló. Y otros trataron de neutralizarlo para evitar que la sociedad vasca reaccionara y comprendiera que el nacionalismo no era la solución, precisamente por ser el problema. En Ermua se despertó el paisano en estado puro. Dejó de ser un mero superviviente y se convirtió en un partisano. Y los más duros del nacionalismo radical tuvieron miedo. Hasta la policía hubo de proteger las guaridas de Batasuna. Aquellas fiestas del Carmen no las olvidaré nunca. Las tengo en la retina con los de mi pueblo. Por cierto, hube de prestar declaración ante un juez por denuncias de Batasuna acusándome de haber promovido disturbios callejeros en aquellos días en la ciudad de Vitoria. No los negué. Pero tan sólo hasta el 16 de julio. Ese día estaba en mi San Ciprián llevando a la Virgen del Carmen. Como siempre. Por tradición marinera. Los que estuvimos al frente de aquello ya no estamos: Arzalluz, Ardanza, Jáuregui, Iturgaiz, Madrazo y Mosquera. El alcalde Carlos Totorika dio una lección de civismo para impedir el linchamiento de ciertos elementos radicales. Repaso las fotos y la hemeroteca y me lleno de una mezcla mitad nostalgia, mitad frustración, al comprobar que ETA sigue ahí y que pueden, si quieren, volver al asesinato de cualquiera que se les ponga a tiro