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08 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.CON EL nombramiento de César Antonio Molina, son tres los ministros gallegos. Sólo Valencia, Madrid y Castilla y León empatan con Galicia. Tres de dieciséis es un porcentaje (el 18,75) muy superior al 6,19 que representa la población galaica en España. Que los gallegos participen del juego del poder es costumbre. Actualmente, además de los ministros, el jefe de la oposición es Mariano Rajoy y el secretario general del PSOE es José Blanco, dos políticos con una gran influencia en el Estado. Retrocediendo en el tiempo -sólo hasta 1975, no merece la pena continuar- vemos a un Fraga en primera línea de la transición, que fue seguido de nombres como Pío Cabanillas, Romay Beccaría... Pero el poderío gallego no queda ahí. Rouco Varela lidera la Iglesia española y Amancio Ortega es la octava persona más rica del mundo con unos 20.000 millones de euros de patrimonio. Y si nos vamos al deporte, el presidente del Comité Olímpico Español es el ourensano Alejandro Blanco. La historia de este país no sería entendible sin la presencia de gallegos. Semejante cuota del terruño en los centros de poder ha sido y es motivo de orgullo para muchos, que lo relacionan con la potencialidad de esta comunidad. Pero, si los gallegos mandan y han mandado tanto, ¿por qué Galicia está en el vagón de cola de la distribución de la renta en España? ¿Por qué aquí el PIB per cápita es un 22% inferior al de la media española? ¿Por qué Galicia es la tercera comunidad con el menor crecimiento del padrón? ¿Por qué las autovías y autopistas llegaron tan tarde a Galicia y por qué los gallegos pagan más por usarlas que en la mayoría de las comunidades? La realidad nos dice que la cuota de poder gallego no se ha correspondido históricamente con el grado de compromiso con esta tierra.