UN CONOCIDO me preguntó hace poco cómo era posible que en Irak siguieran explotando coches bomba todos los días sin que se acabara la producción de explosivos del mundo. Y su pregunta me hizo reflexionar sobre por qué viejos conflictos se prolongan tanto en el tiempo sin disminuir en intensidad, por qué aparecen constantemente nuevos focos de violencia y, sobre todo, por qué el suministro de armas, lejos de disminuir, se incrementa año tras año. La respuesta es tan obvia como simple: por los millones de dólares de beneficios que el negocio de la muerte produce cada año. El Instituto de Estocolmo para la Investigación de la Paz Internacional (Sipri) ha elaborado una lista de las cien principales empresas productoras de armas del planeta, con la exclusión China. De los 18 países fabricantes de material bélico, entre los que, desgraciadamente, se encuentra España, encabeza la lista, como no podía ser menos, Estados Unidos, con cuarenta empresas que venden el 62,9% de todo el armamento que se mueve en el mundo. Entre los países cuyas empresas armamentísticas venden de forma colectiva más del 1,5% destacan Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia. El gasto militar mundial ascendió en el 2006 a 1.204 billones de dólares, lo que supuso un aumento del 3,5% con relación al 2005, y del 37% desde 1997. El gasto militar, evidentemente, no se distribuye de forma regular, sino que de entre los 15 países que más invierten en armamento, Estados Unidos se alza con el 46%, siendo las operaciones en Afganistán e Irak los destinos mayoritarios del mismo. Para que nos hagamos una idea de lo que supone este mercado, baste mencionar que se calcula que circulan unos 640 millones de «armas ligeras» por todo el mundo, lo que equivale a una de cada diez personas. Y, lo que es peor, el 50% del armamento que se fabrica cada año acaba de una forma u otra en el mercado negro, del que se abastece el terrorismo. Tras los fallidos atentados de Londres y Glasgow, el mundo vuelve a estar en alerta máxima. ¿Cómo no? Mientras los fanáticos no desaparezcan y la industria armamentística siga produciendo, el terrorismo continuará siendo un peligro real. Ya va siendo hora de que, además de ir tras los asesinos, se persiga el tráfico ilegal de armas y, sobre todo, se reduzca de forma efectiva su producción.