EL ESTADO español dispone de la policía más íntegra y eficiente en la lucha contra el narcotráfico. También tenemos los jueces más estelares del mundo, las leyes más modernas y las aduanas más impenetrables. Decomisamos más droga que ningún país de Europa, y cientos de mafiosos se pudren en nuestras cárceles. Y, por si algo faltaba, también hemos organizado más partidos de fútbol que nadie, hemos atiborrado los medios de comunicación de costosísimas campañas de publicidad y hemos tenido la mayor cosecha de padres y madres coraje de la historia. Pero el resultado de todo esto es que somos el primer país del mundo en el consumo per cápita de cocaína, nuestros mercados funcionan con total impunidad, y nuestros jóvenes se reúnen en espacios abiertos para emborracharse y tomar drogas de diseño con toda libertad y un alto grado de tolerancia social. Y eso quiere decir que hemos fracasado de pleno y en todos los órdenes en un proceso que debería avergonzar a los políticos, a la policía, a los jueces, a los padres, a los hijos y a los espíritus santos. También disponemos de la ley contra la violencia de género más completa y moderna del mundo, dotada de instrumentos que permiten desterrar y controlar a diestro y a siniestro, y legitimada por una sociedad que está dispuesta a tragar lo que sea para, como se dice en frase perfectamente hecha, «acabar con esta lacra». La conciencia del problema ha subido, las denuncias se multiplicaron por cuatro, y la discriminación positiva -que en justicia es un pecado mortal- se ha instalado entre nosotros con toda naturalidad. Pero el resultado no podía ser más lamentable, con una ristra de muertes que crece en paralelo al esfuerzo realizado, y con una sistemática diabólica que parece dirigida a sacarle los colores al Estado. Y eso quiere decir que estamos ante otro sonoro y dramático fracaso, por muchos y diversos que sean los aludidos y los interesados en achacarlo todo a la falta de medios y de cultura. En similares situaciones se mueven otros temas como la delincuencia organizada, el terrorismo, las infracciones urbanísticas y los incendios forestales, en los que la autoridad del Estado acostumbra a decir que está haciendo muy bien todo lo que es necesario y que al final vencerá. Pero la dura verdad es que no sabemos por dónde andamos, que improvisamos con excesiva facilidad las piedras filosofales, que no evaluamos jamás los resultados y que jamás sentimos la necesidad de corregir errores e iniciar caminos nuevos. Y eso quiere decir que hay grandes y graves problemas que se escapan al control de los gobiernos, y que, cantando los fracasos como si fuesen éxitos, no vamos a llegar a un destino feliz.