LA JUSTICIA no precisa convicciones, sino pruebas. Y la sociedad, también. Cuando detienen a un muchacho de 19 años por haber asesinado a sus padres y a su hermano, después de tres años del crimen, es porque todo debe resultar diáfano e irrevocable. De no ser así, lo mejor es quedarse quietos. El crimen de Burgos hasta hace unos días era un fracaso sonoro y rotundo de la policía española. Hoy no es sólo un fracaso de la policía, es un fracaso de toda la sociedad, que se siente indefensa ante un disparate de esta magnitud. De todo esto llama la atención el despliegue policial, en primer lugar, para detener a un joven. Creo que la policía debe actuar de modo más discreto. Últimamente nos tienen acostumbrados al show, como si ellos quisiesen también formar parte de la parafernalia mediática en la que vive sumida España. Y no son formas. Ni de detenerlo, con despliegue informativo. Ni de declarar lo que se declaró: «Caso cerrado», dijeron. Ni de soltarlo después porque la judicatura «cree que no hay indicios». Imagino que la Justicia, una parte, ha decidido detenerlo. Y la Justicia, otra parte, ha decidido soltarlo. Y usted y yo, ciudadano, nos quedamos con la boca abierta y el corazón estrechito (de frío y de vergüenza). Porque este país tiene tantas partes y todas están tan difusas que uno, profano en judicaturas y fuerzas del orden, les pide que por una vez trabajen al unísono y coordinados. Claro que también escuchamos que se puede tratar de una estrategia, y como es tan cauta la estrategia, no se da cuenta nadie. Dicen algunos que sueltan al muchacho para saber más. Y yo diría que con los seres humanos no se juega, y menos con uno que sólo tiene diecinueve años. No sería lo mismo, aun dentro de la extrema gravedad, si detuviesen a otra persona, quien fuese. Pero era el hijo y el hermano de los asesinados. O lo detienen porque tienen pruebas suficientes, y sobradas, o no pueden crear una zozobra institucional y social tan evidente (por cierto, ¿ha pensado alguien en la familia de las víctimas?). Una de dos, o se equivoca la policía y el juzgado que ordenó la detención, o se equivoca el juzgado de menores que acaba de concederle la libertad. En tanto, al ciudadano, sólo le queda el pataleo y las ganas de que alguien asuma responsabilidades. Porque los irresponsables, unos u otros, tienen a toda España hablando de lo mismo. Y a toda España cabreada y asustada y estupefacta. Queremos conocer la verdad. Con pruebas y no con «convencimientos». Para «convencernos» por fin de que estamos en buenas manos y no en las de la irresponsabilidad y la incompetencia.