Fratricidio palestino

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

NO CUESTA mucho imaginarse a los sionistas radicales frotándose las manos de satisfacción a la espera de que el caos absoluto en los territorios palestinos les permita entrar en ellos y arrasarlos con la excusa de la defensa propia. Y es que no resulta inverosímil, dados los antecedentes, aunque sin duda es una idea perversa y retorcida, de que la violencia desatada entre los seguidores de Al Fatah y de Hamás es el resultado del azuzamiento por parte de sus enemigos de décadas. ¿Quién saldría más beneficiado que los israelíes de una lucha fratricida que diezmara a las tropas palestinas? ¿Qué mejor forma para reducir al mínimo la resistencia palestina y mantener los territorios ocupados subyugados que anular cualquier tipo de gobierno unido al mando de unas fuerzas de seguridad ordenadas y disciplinadas? Es innegable que el bloqueo israelí a los recursos financieros ha sido el detonante de la violencia en los territorios ocupados. El argumento para privar de fondos a la mayoría de la población dependiente del más moderado Al Fatah fue el ascenso al poder de Hamás tras las elecciones del 25 de enero del 2006; la razón de fondo, presionar al máximo para que los propios palestinos expulsaran a Hamás del Gobierno. Pero a los judíos no les ha salido del todo bien la jugada, por no decir que se ha complicado todavía más la situación. La violenta Hamás, a raíz de su victoria electoral, no sólo no ha perdido poder, sino que se ha ido creciendo hasta hacer del abuso de la fuerza su bandera, apoyado en los aparentemente inagotables fondos que le llegan de Irán y otros proveedores, mientras Al Fatah se ha ido debilitando cada vez más. El aburrimiento occidental ante un conflicto enquistado, la incapacidad de los gobiernos árabes para frenarlo, y los pingües beneficios de negocios como la venta de armas, han permitido que la crisis desembocara en la actual guerra civil. Hamás y, sobre todo las fuerzas exógenas que la mantienen, han intentado obtener el poder en las urnas, y como no lo han conseguido han decidido cogerlo por la fuerza. El desenlace puede ser no una Palestina fragmentada, sino un fratricidio palestino con un incontrolable Gobierno radical islámico a las puertas de Jerusalén, un enemigo realmente peligroso que no teme morir y al que Israel todavía no ha logrado vencer.