Temor y frustración

| PABLO MOSQUERA |

OPINIÓN

11 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

ETA otra vez. Condiciona mi vida y vuelvo a ser objetivo de la banda. No olvidan mi trayectoria en defensa del credo más revolucionario. Dignidad y libertad. Así estamos muchos ciudadanos vascos desde la ruptura del alto el fuego. De Juana vuelve a la cárcel. Ha sido moneda de cambio de un proceso que ha fracasado como otras tantas veces. Vuelve a ser, para muchos ciudadanos, un asesino que debe pagar por lo que hizo, de lo que no ha mostrado síntomas de arrepentimiento. ETA otra vez me hace sentirme prisionero, con mis derechos humanos elementales al albur de los pistoleros de ese comando Araba cuya presencia en Vitoria me anuncia la Guardia Civil. Otegi ingresa en prisión. Ha perdido el equilibrio. Se ha quedado en medio. Acosado por la justicia en razón a hechos y palabras que se juzgan como punibles. Sospechoso para los más radicales por haber intentado enmendarle la plana a los gurús de la lucha armada. Hoy, en su celda, se acordará de Pertur, el primero que intentó que las armas dejaran el protagonismo a las palabras. ETA me vuelve a recordar que no soy vasco, que no pinto nada en Euskadi, que me he metido en el zafarrancho cuando podía haber preferido el espacio de los supervivientes que, ante el conflicto entre vascos y españoles, miraban a otra parte del escenario y así salvaban la piel. Los cargos de ANV están bajo sospecha. No han dicho nada contra la decisión de ETA. Se les olvida que su credo fundacional condena la violencia. Será que de aquello sólo queda el disfraz útil a las circunstancias. Ahora todo vuelve a estar claro. ETA manda y decide lo que hay que hacer. Además ha tenido tiempo para reorganizar su estructura militar. Por lo que me han dicho, se han dotado de gente no fichada, de mejores conocimientos -alguien se los habrá dado- y ha comprado material para matar. Como me explicaba Aguirre en Atapuerca, estamos viviendo en la tierra un período interglaciar. Y en Euskadi, una de esas treguas que funciona como tiempo interguerras o intercarlistadas. Nuestra generación sólo conoce sangre, sudor y lágrimas. Y a una generación de enloquecidos gudaris, le sucede otra, sin que el proceso educativo de la civilización les cause mella. Me siento gallego emigrante en una comunidad que no es la mía, a la que dediqué mis esfuerzos, pero hoy como muchos me siento fracasado. ¡Paren, que me bajo!