EL MINIFUNDISMO es un mal sentimiento: un gusano que nos roe el alma. Y uno escribe de sentimientos porque no sabe hacer otra cosa. Uno mira la ría de Ferrol como antes miró la cosa de Vigo, en llamas. Miro Ferrol y encuentro un proyecto empresarial ambicioso, que pretende superar lo insuperable: este país con franquicia en lo diminuto. Reganosa está aquí para abastecer de gas el noroeste hispano, para dar muchos puestos de trabajo, para crear riqueza y para significarnos como potencia energética, a nosotros, que sólo éramos potencia en malos presagios. A Galicia hay que quitarle el estigma de lo diminuto, porque así no vamos a ninguna parte. Tenemos que situarnos en el mundo con empresas que sean capaces de competir con las empresas catalanas de gas, por ejemplo. El más profano, yo, recuerda lo que pasó con Gas Natural y con el Gobierno y con la CNMV y con Endesa y con todo el poder económico. Pues Reganosa quiere ser también empresa sin minúsculas: hacernos grandes y escribirnos en el manual de la historia contemporánea, no en la del regionalismo de hace dos siglos. No conozco informes medioambientales que la desaconsejen. Ni me consta que Reganosa lastime los intereses reales de la gente admirada que vive de la mar. Ni tengo en mis manos ninguna señal que indique influjo negativo en nuestra costa o en quien vive en ella, para ella o de ella. Por lo tanto, si vamos a impedir que entren los gaseros una y otra vez, habrá que posicionarse de una vez por todas. Qué sentimiento queremos, digo. El sentimiento del minifundio, que es la cosa esa que nos llevó a emigrar antaño al alenmar y hace unos años a Canarias; o el sentimiento del orgullo y la ambición y la autoestima. Si queremos a Reganosa y a otras empresas que, sin dañar a nadie, pretenden que Galicia esté en el mundo o si preferimos ser la cuenca de todas las lágrimas y el país donde siempre llueve. Si Reganosa no hace daño, y así lo dicen todos los informes, hay que dejar trabajar a Reganosa. Por el bien de este país al que queremos y nos quiere. Por su futuro. Y, sobre todo, porque de una vez por todas debemos pegarle una patada a la desfortuna. El minifundismo, verbigracia. Ese gusano que nos ha comido, maldita sea, el alma.