PROBABLEMENTE la denominación de campaña obedece a que en el mundo antiguo, la confrontación electoral se realizaba fuera del recinto amurallado de la ciudad. Así, en la República romana la Asamblea de ciudadanos se reunía en el campo de Marte para elegir a los candidatos que desempeñarían las magistraturas de gobierno o para votar una propuesta de ley. La RAE denomina campaña en su tercera acepción «al período de tiempo en que se realizan diversas actividades encaminadas a un fin determinado». La segunda acepción dice: «conjunto de actos o esfuerzos que se aplican a conseguir un fin determinado». Los académicos ejemplifican la tercera acepción con «campaña política, parlamentaria, periodística»; por el contrario, para la segunda dicen: «campaña contra la usura, los toros». En ningún caso refieren campaña electoral. Ciertamente, la expresión responde a ambas acepciones. Es un tiempo y a la vez un conjunto de esfuerzos encaminados a conseguir un fin determinado. Saber cuál es tal fin, no es cuestión baladí. En el plano del deber ser, la respuesta es fácil: todo fin electoral debe responder al bien de la sociedad, a la que la política debe servir. En un plano más realista, el fin de los partidos en liza es alcanzar el poder. Pero adviértase que este objetivo, por sí mismo, no desvirtúa el sistema, pues, la democracia lo exige. El fin ideal podría, pues, conjugarse con el fin real. Se trataría de conseguir el poder, por el voto ciudadano, para servir a la sociedad. Lo que de verdad pervierte el modelo no es el debate sobre las ideas sino la estéril confrontación personal al margen del interés general. Así, el crudo enfrentamiento que envenena las presentes elecciones puede provocar en el electorado una abstención desencantada que conlleve una pérdida de credibilidad de la democracia representativa.