EN TIEMPO de impuestos, la agencia tributaria, con su política de transparencia informativa, nos motiva y alienta en el cumplimiento de las obligaciones fiscales que todo ciudadano tiene. Sin distingos y privilegios. Por eso, cuando anuncia que seremos diecisiete millones de contribuyentes los que haremos la declaración este año, nos sentimos confortados, porque todos contribuimos con nuestros impuestos, según el principio de tanto ganas tanto pagas, a mejorar prestaciones sociales, infraestructuras, educación o sanidad. Por más que nos molesten los diferenciales entre impuesto y eficacia de los servicios, y los propios gobiernos jueguen a las engañifas con el tan cacareado impuesto del IRPF y prometan que lo disminuyen. Aunque para ello aumenten continuamente los indirectos, aquellos que pagamos por litro de gasolina, el IVA, u otros que afanosamente cultivan enmascarados en el precio del consumo. Por eso es difícil de entender que, coincidiendo con la campaña de la renta, Hacienda sitúe en la red una compleja memoria desde la que, gracias a la curiosidad insana de malos españoles, se evidencien las vergüenzas y escándalos de nuestro sistema tributario, y particularmente del afamado y controvertido -ahora sí- IRPF. Porque si es duro aceptar que el fraude tributario represente una décima parte de nuestro -el de España entera- producto interior bruto, lo que cabalmente quiere decir que lo defraudado es el doble de la contribución de Galicia a ese PIB, no les quiero contar lo que supone descubrir que la renta media anual de los asalariados se sitúe en torno a los 19.000 euros, que tan sólo el 10% de los españoles que declaran digan que ganan más de 36.000 euros (seis millones de pesetas) brutos al año, o que la media declarada de ingresos de empresarios y profesionales sea la mitad de aquélla de los asalariados, que en pesetas que no existen son la friolera de 1.562.000. Entiendan pues que cuando algún líder político inicia la campaña electoral rebajando impuestos, nosotros, los asalariados -millonarios-, nos sublevemos. Nuestro anhelo es un no rotundo al fraude, para que los otros -quienes no pagan, pero ingresan-, también gocen de ser millonarios.