LA RAZÓN, cuando quemas contenedores, pierde su razón. Y cuando los sindicatos, ignoro cuál y quién, pronuncian sintagmas de vigor luminario, a mí ya no me iluminan nada. Lo dijo alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, hace unos días: «O luns, lume». Y no mintió el valiente. «Lume» no falta. Ayer y anteayer ardieron contenedores en las calles de Vigo: porque un hombre de palabra no debe faltar a la suya. A mí me produce bochorno, por no escribir vergüenza. Entre otras cosas porque este país está hasta el gorro de «lume». Porque estamos a las puertas de otro verano con «lume». Y porque conozco una niña que ya no soporta el «lume» (de tanto que vio el pasado verano) y llora hasta cuando se enciende la chimenea de casa. Por eso, los del naval deben rectificar. Cada contenedor que arde es un trozo de país que arde. Quien ama a Galicia no crea el caos, ni el dolor, ni la ira de miles de vecinos, que no tienen que pagar los platos rotos de nadie. Al sector naval, tan respetable, probablemente le sobran motivos para sus reivindicaciones. Para la protesta, la huelga y el No nos moverán que yo quiero cantar con ellos. Pero la imagen de violencia y agresividad, de dientes largos, a la que asistimos estos días, ni gusta ni es recomendable para este país. La violencia sólo engendra violencia. Y las frases célebres están muy bien para un mitin privado entre amigos, pero en público hacen daño y resultan hirientes. «Lume» es una palabra que odio profundamente. Su significado nos ha quemado el alma a cientos de miles de gallegos. Ver cómo arde un trozo de Vigo, por pequeño que sea, a mí me produce rubor. Los gallegos no merecemos esta imagen: porque no somos así. Y los del naval tampoco la merecen: porque siempre han sido currantes y ejemplares en su tesón, y en su dolor (de reconversión en reconversión hasta el despido). Pero cada contenedor quemado y cada tráfico cortado les quita razón. Y también les quita cariño. El que todos los gallegos sentimos por ellos. En su nombre, en el del cariño, he escrito esta columna.