UNO DE los restaurantes donde se sirven los mejores cotilleos sobre Hong Kong, las dos Chinas y toda Asia es la casa de Madame Fu, en lo alto de Manhattan, donde estos días no se habrá hablado de otra cosa que de la vida y la muerte de la mujer más rica de Asia, Nina Wang, también llamada Little Sweetie, tan famosa por sus perritos y por sus monitos como por sus negrísimas coletas, arqueadas por encima de las orejas hacia los hombros y rematadas con unos lazos del color que mejor le fuera a la minifalda. Tenía 69 años. La revista Forbes le atribuía una fortuna por encima de los cuatro mil millones de dólares, de la que entró en posesión cuando desapareció su marido, Teddy. Era una mujer de la que se sabían muchas cosas. Y todo lo que se sabía era tan sólo una pequeña porción de lo que era, una mínima parte de lo que estaba o podía estar dispuesta a ser, a no ser o a dejar de ser. Era también, y muy naturalmente, una mujer de armas tomar. O, si no, que se lo pregunten a su marido, donde quiera que se encuentre. El caso es que Teddy fue secuestrado en 1983, con evidencia de unos malos tratos que consistían en mantenerlo atado a una cama cuando no lo tenían metido en un frigorífico. Nina Wang pagó un rescate de 11 millones de dólares y consiguió la libertad de su esposo. Éste, hombre descomedido e iracundo, la puso de vuelta y media por no haber conseguido una rebaja sustanciosa en el rescate a pagar. Siete años después, en 1990, el sujeto fue secuestrado de nuevo. El rescate exigido por los maleantes fue de 68 millones de dólares. Nina, que había tomado buena nota de la regañina, pagó la mitad, y nadie volvió a saber de Teddy, que fue dado por muerto en 1999, fecha en la que sus propiedades inmobiliarias pasaron a manos de su viuda. El padre del desaparecido, Wang Din-Shing, acusó entonces a Nina de haber puesto repetidamente los cuernos al dado por muerto, y llevó a los tribunales un testamento que la desheredaba, firmado por su esposo en 1968. Nina respondió con otro testamento, posterior, finalmente reconocido por los jueces. Así pasó a ser la dueña de una fortuna inmobiliaria iniciada en Shanghái cuando los Wang eran niños, y prolongada luego en Hong Kong con vastas propiedades entre Kowloon y la frontera china, donde construyeron más de trescientos edificios. Casi un cuento chino.